Gaby le canta al Cuchi Leguizamón

Dentro de las actividades programadas para el 7° Festival Nacional de Tango CARLOS DI SARLI de Bahía Blanca, se encuentra un merecidísimo homenaje al “Padre del Carnaval”, como lo llamó Horacio Guarany. Nos referimos nada más y nada menos que a Gustavo Cuchi Leguizamón al cumplirse 100 años de su nacimiento. El mismo se llevará a cabo en el escenario del Patio de Comidas del Bahía Blanca Plaza Shopping (Sarmiento 2153) el día viernes 29 de septiembre a las 22 hs, con la actuación de los cantantes Gaby “La voz sensual del Tango” y Gastón Peralta, el guitarrista Quique Lorenzi y el Ballet de Tango de las Peñas Folkóricas de las Escuelas Medias de la Universidad Nacional del Sur dirigido por Sonia Agüero.
La entrada será libre y gratuita.

 

 

GUSTAVO LEGUIZAMÓN

Nació en la ciudad de Salta. Hijo de José María Leguizamón Todd y María Virginia Outes Tamayo.
Cuando tenía 20 años le comunicó a su padre que iba a estudiar Derecho, quien en cambio prefería que fuera a París para perfeccionarse. El Cuchi, no hizo caso y marchó a La Plata, donde en 1945 obtuvo el título de abogado.
No olvidaría jamás aquella estudiantina que lo llevaba a Buenos Aires a recalar en El Olimpo, un tugurio del Bajo donde se jugaba ajedrez.
Cantó con el coro universitario, jugó rugby y después fue profesor de historia y filosofía, Diputado Provincial y ejerció durante treinta años la abogacía, hasta que decidió abandonar. Según sus palabras: “Estoy harto de vivir en la discordia humana. Me produce una gran satisfacción ver una vieja en el mercado tarareando una música mía. Una vez venía bastante enojado con todos estos inconvenientes que tiene la vida, y un changuito pasó en bicicleta, silbando la Zamba del pañuelo. Entonces lo paré y le pregunté qué es lo que silba: -No sé; me gusta y por eso lo silbo-, me contestó. Ya ves, ésa es la función social de la música”.
En los años 1940, cuanto tenía algo más de 25 años, trenzó una amistad entrañable con el poeta Manuel J. Castilla, el hijo del jefe de la estación de Cerrillos, a quien en una de sus obras mayores le diría: “Padre, ya no hay nadie en la boletería”. Al Cuchi, muchas veces con letra de Castilla, le debe la música argentina y universal, zambas, chacareras, carnavalitos, vidalas inolvidables en las que habitan el amor, la tragedia, la miseria, el sarcasmo, la ternura.
Era un enamorado de la baguala (“Toda gran zamba encierra una baguala dormida: la baguala es un centro musical geopolítico de mi obra”) pero también de Johann Sebastian Bach, Gustav Mahler, Maurice Ravel, Igor Stravinsky, Arnold Schönberg y sobre todo de Beethoven, al que definió con sabiduría como “definitivo”. Pero no se quedó ahí, también admiró a otro genio argentino, Enrique “El Mono” Villegas, y a brasileños como Chico Buarque, Milton Nascimento, Vinicius (“Las corrientes de música popular americana más importantes están en Brasil”) y el jazzista estadounidense Ellington.

Capaz de organizar en Salta primero y en Tucumán más tarde conciertos de campanarios (literalmente, pues el sonido lo proveían los bronces de las iglesias), es cierto que Leguizamón saltó sobre el pentagrama y pulsó cuerdas, digitó teclados, sopló en maderas, cobres y cuernos, como se escribió alguna vez, a pura oreja. La prueba es que intentó también un concierto de locomotoras, fascinado por “ese instrumento musical maravilloso que tiene fácilmente dieciocho escapes de gas que son sonidos y un pito con el cual se pueden hacer maravillas, por no contar su misma marcha”.
Al principio -hasta hizo fundir una quena para agregarla a la máquina-, los ferroviarios lo miraban como a un bicho raro. Después se entusiasmaron. Los maquinistas lo saludaban con el saludo sonoro de la locomotora, que además le enseñaron a plasmar. En tiempos del presidente argentino Arturo Illia, Gustavo Leguizamón fue diputado provincial extrapartidario y en tiempos del gobernador peronista de Salta Roberto Romero, asesor cultural de la provincia.
Fue entonces cuando embistió con mayor fiereza contra una burocracia sorda que impedía importar pianos y protagonizó en la Legislatura debates memorables para propender al descongelamiento cerebral. Capaz de respetar a Churchill tanto cuanto despreciaba a Thatcher, Malvinas fue para él una herida abierta pero no ciega, porque supo adjudicar responsabilidades cuando se preguntó por qué fuimos y no peleamos. Impensable en Buenos Aires, Leguizamón- que mascaba hojas de coca, y defendía la costumbre- fue parte del paisaje de Salta, a la que amó profundamente, desde los olores de sus yuyos secos hasta el aire que viene de la quebrada escondida por la cual Belgrano sorprendió a los españoles.
Se casó con Ema Palermo, teniendo cuatro hijos de ella: Juan Martín (1961), José María (1963) Delfín Galo (1965) y Luis Gonzalo (1967). Es autor de las zambas más famosas y que representan a la cultura musical de Salta; la música popular; además de haber compuesto obras populares es un compositor que ha contribuido con su talento y su expresión al acervo cultural salteño. Sus obras son características por su armonía y ritmo por su riqueza melódica, su temática musical.
Escribió entre otras: “Balderrama”, “La Arenosa”, “La Pomeña”, “Maturana”, “Zamba De Juan Panadero”, “Zamba Del Pañuelo”, y “Zamba De Lozano”, con letra de Manuel J. Castilla, “Zamba del carnaval”, “Zamba del laurel” con Armando Tejada Gómez, “Si llega a ser tucumana” con letra de Miguel Ángel Pérez, entre muchas otras. Su musicalidad y asonancia fue única y componía algunas de sus obras a la medida de la interpretación del Dúo Salteño con quien mejor acuñó las disonancias que emergían como duendes traviesos de las melodías. Su simpatía y espontaneidad (ocurrencias) brotaban a borbotones en la cotidianidad Salteña. Ganó numerosos premios por su labor artística: Premio SADAIC, Premio Fondo Nacionál de la Artes. Compuso una obra que Virtú Maragno la estrenara con la Orquesta Sinfónica de Santa Fe, es su “Preludio y Jadeo”, compuso la música para la película “La Redada” – 1997 dirigida por Rolando Pardo) en la que además interpreta como actor a “Picaflor”.
Falleció en Salta el 27 de septiembre del 2000 dos días antes de que pudiera cumplir los 83 años de edad.

Seudónimo “Cuchi”
En quechua cuchi significa chancho. En Salta no se le otorga un significado peyorativo a la expresión. Cuando tenía apenas meses de vida a su madre le preocupaba su delgadez. En esa época le ofrecieron unos chanchos para ver si podía comprarlos, pero al verlos muy delgados exclamó “¡Pero están flacos como este cuchi!”, mirando a su hijo.

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